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La cultura japonesa nos suele resultar fascinante a los habitantes de los países orientales porque tanto sus costumbres como su gastronomía son realmente muy diferentes a los que estamos acostumbrados. Sin embargo, las relaciones con Japón a lo largo de la historia no siempre han sido fáciles sino que han estado marcadas por diferentes períodos de acercamiento alternados con momentos de conflictos y desencuentros.

Los primeros occidentales en tener encuentros constantes con los japoneses fueron los portugueses allá por el año XVI, en concreto el primer barco portugués llegó en 1571. Aunque al poco tiempo llegaron también los ingleses y también los españoles (estos últimos procedentes de Filipinas). En estos primeros intercambios culturales con países occidentales se introdujeron en el país nipón varios conocimientos e instrumentos europeos como por ejemplo las armas de fuego. La mayor parte de los contactos entre japoneses y europeos eran bastante beneficiosos para ambas partes hasta que en el año 1600 llegó el primer barco holandés y todo cambió. En 1616 se prohibió todo el comercio con otros países, con excepción de China, sólo permitiéndose el intercambio de mercancías en el puerto de Hirado (Nagasaki). Así comerciantes y navegantes procedentes de Portugal, España e Italia llegaron a Nagasaki con el objetivo de establecer lazos comerciales y también con la idea de evangelizar a la población nipona. 

Para evitar la expansión de la religión cristiana por su país que estaba ganando muchos adeptos rápidamente, el gobierno japonés decidió construir la isla artificial de Dejima para segregar a los occidentales. La idea era que los portugueses y los españoles vivieran en esa isla de 120 metros de largo y 75 metros de ancho. El hecho de que la isla solo había un único puente que permitía entrar y salir de la isla permitía tener a los extranjeros aislados de los japoneses y así poder controlar su actividades misioneras. En ese momento, los holandeses, que eran protestantes, vieron la oportunidad de importunar a sus enemigos católicos y le ofrecieron a Japón acuerdos comerciales sin solicitar un proceso de evangelización a cambio. Como consecuencia, en 1638, Japón decidió expulsar a los portugueses y a los españoles de su país para solo permitir la entrada a los holandeses que pasaron a ocupar la isla artificial de Dejima. Aún así sus movimientos eran cuidadosamente observados y estrictamente controlados. No se permitía la salida de holandeses ni la entrada de japoneses, con ciertas excepciones. Sin embargo, esto llevó al país nipón a convertirse en una región aislada del mundo hasta bien entrado el siglo XIX. 

Primer tratado de anatomía occidental en Japón, publicado en 1774, un ejemplo de “Rangaku”. Photograph by PHG, 2004

Entre 1641 y 1853, Holanda fue el único país occidental que podía comerciar con Japón teniendo el monopolio y manteniendo entre ambos un tráfico regular de mercancías. Durante este tiempo llegaron más de medio millar de barcos holandeses cargados con elementos de la cultura occidental como la fotografía, el café, la cerveza o los billares. Además, este continuo contacto con los holandeses le permitió a Japón estar informado de las últimas novedades que llegaban de Occidente así como de sus avances científicos y tecnológicos, sobre todo aquellos relacionados con la medicina. Las leyes de contacto entre japoneses y holandeses se fueron relajando con el tiempo de forma que a partir de 1720 se liberalizó el conocimiento europeo. Así surgió el rangaku  (蘭学 “aprendizaje holandés”?, y por extensión “aprendizaje occidental”), que era la difusión del conocimiento occidental de la época en tierras japonesas y mediante el cual Japón se mantuvo al corriente de los avances occidentales. La enseñanza de diferentes disciplinas entre las que se incluían la medicina, la astronomía, las ciencias naturales, la tecnología militar o el idioma hicieron que se produjera una lenta pero constante migración de personas hacia Nagasaki. La curiosidad de los intelectuales japoneses por estos conocimientos extranjeros incluso dieron lugar a la apertura de escuelas holandesas.

El rangaku tuvo bastante impacto en la sociedad japonesa ya que no solo le permitió a los estudiosos nuevos conocimientos en múltiples disciplinas sino que, además, su combinación con el autoislamiento nipón favoreció fuertemente el desarrollo de ideas innovadoras. Así, con el tiempo surgiría un movimiento en Japón que pretendía unir la tradición propia con el desarrollo técnico alcanzado por los países occidentales. Algunos autores creen que esta idea, junto a la base teórica procedente del rangaku, fue la que hizo posible la posterior rápida modernización que sufrió el país a finales del siglo XIX.

Referencias

Bakumatsu: cuando Japón se abrió a Occidente (a la fuerza)

La asombrosa aventura de Sugita Genpaku

Los Estudios Holandeses y la modernización de Japón

La isla de Dejima en Nagasaki, puente entre Japón y Europa

La isla de Dejima, puerta entre Japón y Europa

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